Me dicen que se acabó el fervor popular por los Pumas, que se terminó el mundial de rugby, lo que significa que Alberto Fernández va a tener que volver a pagarle a los pibes del Vieytes y del Huergo para que vuelvan a declarar que Caballito se encuentra en estado de guerra civil, la guerra de todos contra todos, la guerra de las pintadas en todas las casas y de las sevillanas en todas la mochilas de Attaque 77, la Renga o similar, y todo esto para tapar el caso Skanska o el valijazo venezolano antes de que vengan las elecciones, gane Cristina, gane el Cambio, y que todos los ministros cambien de ministerio, los secretarios de secretaría, los subsecretarios de subsecretaría y los directores de dirección y todos digamos “aaah, lo del cambio era verdad” porque nunca sabemos quiénes son los ministros salvo que tengan el ministerio de Economía o el de Educación o hagan cosas plausibles de ser subrayadas tales como: a) chantajear a los técnicos del INDEC y luego a los dueños de los comercios relevados por el INDEC para poder dibujar un índice de precios 50% más bajos de lo que en verdad son, porque estamos en democracia y entonces hay que mantener las formas y seguir relevando precios y seguir procesando esos datos y recalcular dicho índice pero sin cerrar el INDEC; b) ser la hermana del presidente; c) declararse abortista durante toda la vida y abandonar este discurso a lo largo de la gestión; d) darle contratos de 15 mil pesos al hermano, la prima, y la amiga.
Pero volviendo a Los Pumas, el interlocutor me aclaraba “los pumas son el equipo argentino de rugby, nena, de rugby” yo sé quiénes son los pumas, lo que no sabía era que había mundial. El rugby es un deporte que no me gusta porque no me gustan los sujetos que lo ejecutan. La natación me gusta, el fútbol lo trago y el tenis me encaaaaanta, porque me encantan los sujetos que lo ejecutan, en especial Moya que es un hombre que juega como es: un Señor. Entonces quedo bien con casi cualquiera aunque no sepa casi nada de tenis cuando digo “qué firme y delicado es el saque de Moya”, qué ritmo justo tiene Moya para correr” , “qué bien se mantiene (el juego de ) Moya a pesar de los años”. De los rugbiers, no me molesta tanto que sean chetos, no me molesta tanto que sean enormes, no me molesta nada tanto como su prognatismo mandibular, un defecto óseo común que se presenta desde el desarrollo y crecimiento de los bebés y que tiene un origen multifactorial, debido tanto a factores ambientales y hereditarios (tendencia familiar) así como de hábitos bucales. Los hábitos bucales de los rugbiers se asocian comúnmente a la ingestión compulsiva de vacas enteras (casi crudas), de un solo bocado durante el tercer tiempo, tiempo de amistad, tiempo de anulación de las vanas rivalidades del deporte, tiempo en el que se despliega la solidaridad de clase, tiempo de comer carrrrrrrrrrne. Me acuerdo que cuando estaba en segundo y todavía no me metía voluntariamente en antros tales como la Federación de Box o la Diva o BB Daikiri, conocí a un rugbier en Pachá y como todavía no era tan prejuiciosa tuve con él un breve noviazgo (de tres semanas) y pude cerciorar con mis propios ojos cómo son los hábitos bucales de estos especimenes genéricos. También pude cerciorar con mis propios ojos el desprestigio que los rugbiers sufren ante la población civil, más específicamente mis amigos, que heroicamente entonaron a modo de saludo, cada vez que vieron a mi rugbier, “perón, peróooooooooon, qué grande soooooooos”. Digo “heroicamente” porque los rugbiers no son gente con la que a los civiles no nos gustaría irnos a las manos, pero por suerte este chico no entendió y me preguntó, al día siguiente, si mis amigos eran peronistas. Yo le dije que sí y él me preguntó si yo era también, y le dije que no, y me agarré fuerte como una buena novia de catorce años a su camisa rosada de legacy y casi beso la cruz chiquita que colgaba de su cuello firrrrme y grueso como una columna de Derecho, regalo de su abuela que desde el día mismo de su bautismo lo acompañaba. El chico se llamaba Juan Bautista y yo nunca pude aprender a hacer buenos chistes, así que cuando dije “Ahhh! Y tu familia ese día, mientras se preparaba para ir a la Iglesia decía vamos a vestirnos rápido que hoy es el bautismo de Bautista”, me miró serio, levantó las cejas y siguió hablando como si nada hubiese sido dicho y mis palabras hubiesen quedado encerradas y sudando en el scrawn de la conversación.
Pero esos tiempos quedaron atrás y ahora Iván de Pineda sí, me gusta: me gusta, me gusta, me gusssss-ta! A Iván de Pineda el prognatismo le queda bien, pero porque es altísimo y muy flaco y no sólo no juega al rugby sino también es campeón indiscutido del Imbatible de Susana, así que recién cuando deje de gustarme Iván voy a poder volver a fijarme en un rugbier, porque mi escueta economía del deseo me permite anhelar a un representante de cada patología por vez: un perón por vez. Lo mismo se aplica a los peronistas pero eso voy a contarlo otro día.
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